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Foto tomada de:google images

En este país todos sienten que pueden ser más vivos que los otros. Pero también hay que estar preparado por si los vivos son otros.

El gobierno quiso ganársela espiando a la misión humanitaria y cuando trata de explicarlo no sólo se contradice, sino que sale desmentido por la Cruz Roja Internacional.

La senadora Piedad Córdoba, a quien se le reconocen todos los méritos en esta operación humanitaria y a quien se le valora también ser amiga de sus amigos, quiso llevar como “garante”, en contra de lo acordado y proclamado, a un periodista de cámara y grabadora que no tuvo ningún problema en admitir antes de partir, que iba a “hacer un documental” y que “no iba a chiviar a nadie” (cosa que finalmente incumplió chiviandolos a todos a través de Telesur y de AP).

Según informó EL Espectador, Botero ya vendió su trabajo en exclusiva a Telesur.

Y las FARC, por su lado, también se habían preparando llevando a la zona de la liberación a un equipo periodístico, en contravía de los compromisos adquiridos y anunciados por Piedad.

Y entonces para no tener que discutir sobre lo importante, llevamos una semana alegando sobre lo anecdótico.

En realidad, los colegas involucrados en los incidentes mostraron lo que siempre han hecho. Botero como todos, vive desde hace tiempo de vender historias sobre secuestrados y trabajó para Telesur cuando aquí cayó en desgracia.

El mismo dijo que estaba desagraviando a su casa. Que si el Ejercito había disfrazado a unos militares de periodistas de ese canal durante la Operación Jaque”, el tenía derecho de disfrazarse como miembro de una misión humanitaria.

Y aun después de ser vetado por el gobierno, siguió teniendo un acceso privilegiado a Piedad. Y el canal venezolano tuvo en las liberaciones de Jara y de López, la posibilidad de entrevistarlos primero que los demás.

¿Fue nuevamente la mano reivindicativa de Botero la que les pasó el teléfono?

Hollman Morris se fue por el atajo que los otros periodistas no tomaron y hoy muchos se lo reconocen como una osadía. Pero no lo tomaron por una de dos razones: por que creyeron en el acuerdo de que no habría prensa en la zona de liberación, o porque no tienen o no quieren tener la indispensable mano de las Farc para llegar hasta el lugar.

Botero se sorprendió de que Morris se le hubiera adelantado y tuviera primero a los secuestrados (“le dañaron su chiva” le dijo Daniel Samper) y fue curiosamente Botero, quien al llegar a Villavicencio contó (¿denuncio?) que el colega estaba allí.

Lo que vino después ha sido confuso. Según Botero, Morris estaba con Radio Francia Internacional.

Esa empresa negó haber encargado el trabajo y anunció que no emitiría las entrevistas con los cautivos. Morris dijo que era el quien había decidido no publicarlas, pero para completar el enredo, Semana afirma que Morris intentó vender por 3000 dólares el material a Al Jazeera, y que lo envió con un miembro de la misión humanitaria (¿?).

Daniel Samper obró con prudencia, aunque no dejó de tomar apuntes como buen reportero y era iluso pensar que no lo haría.

Mantuvo su silencio frente a los medios hasta que saliera el último liberado, pero su hermano Ernesto sí se refirió al día siguiente de ese polémico domingo a lo que según él, Daniel le había contado.

Samper (Daniel) tuvo además la cortesía de echarles el rollo a otros periodistas, sin reservarse la primicia para su periódico, marcando una clara diferencia con su compañero garante.

Por eso pudo hablar con contundencia y salvo el ministro de Defensa, nadie más a tratado de desmentirlo.

Lo que queda es que en este juego, a todos los que quisieron meterle un gol a los otros, aunque fuera “de buena fe”, las cosas les salieron mal.

Como le han salido mal al Gobierno cuando trata de tapar sus equivocaciones con otras: manejar las declaraciones de los primeros liberados en la Casa de Nariño, censurar a los reporteros de Villavicencio y estigmatizar a los periodistas involucrados, sin poder aclarar su propio papel.

Esta actuación periodística de la semana la completan algunos columnistas que salen a descalificar las declaraciones de los liberados. ¿Que podrán sentir estos hombres que creen volver a la libertad cuando se enteran de que los están lapidando por decir lo que piensan y sienten? Queremos que hablen, pero si dicen algo que no gusta, los descalifican.

Sigifredo López sabía lo que le esperaba y en su discurso de libertad dijo: “¿Como es posible que se hagan grandes movilizaciones para que volvamos a la vida y cuando volvemos a la vida y cuando volvemos, nos dicen que estamos haciendo un Show?

Una ves más, en este capítulo de la historia colombiana afloraron algunas de nuestras constantes: la viveza, la desconfianza y la doble moral.

¿Por qué no hablamos mejor de cómo sacar a los demás secuestrados urgentemente, antes de que ocurra lo de la galleta de Alan Jara?
Dario Fernando Patiño

Fuente: El Espectador

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