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foto tomada de:google images

Por Germán Ayala Osorio El ejercicio de opinar, en especial desde una tribuna mediática de amplio reconocimiento y circulación, conlleva máximas responsabilidades no sólo para los columnistas, sino para el medio que acoge y publica sus opiniones.
De un columnista, los lectores esperan un ejercicio de la doxa sustentado en una sólida argumentación, en un análisis serio de hechos, situaciones y circunstancias que desea compartir de manera masiva. Un columnista puede, incluso, llegar a ser considerado por un grupo de lectores, como un referente ético, sin que ello comprometa el ejercicio subjetivo que está detrás de una columna de opinión publicada.

El columnista hace parte, entonces, de un campo de producción especial de conocimiento, en el que no sólo es producido-reconocido por sus seguidores, sino también por el lugar que lo adoptó y del que hace parte, en este caso, la empresa mediática para la que escribe. El columnista es, además, productor y motivador de masas, de allí que su escogencia esté sujeta a los intereses editoriales, periodísticos y políticos de las empresas que abren los espacios de opinión.

A falta en Colombia de espacios televisivos y radiales dedicados al análisis serio y crítico de los hechos noticiosos y de las actuaciones de los distintos gobiernos, las audiencias, ávidas de análisis, vuelcan sus sentidos en los columnistas de diarios como El Tiempo, El Espectador y Semana, entre otros. Realmente no hay mucho de donde escoger, pero digamos que hay, por fortuna, calificadas columnas y columnistas en estos medios, insuficientes claro, para generar estados óptimos de opinión pública que nos permitan saber y comprender qué es lo que realmente pasa en Colombia con ciertos hechos.

Desde los tiempos en los que el unanimismo ideológico, político y mediático restringió la opinión divergente en este país, varios medios impresos abrieron sendos espacios de opinión para exhibir, quizás, los altos niveles de polarización política generados por Uribe y sus colaboradores durante sus ochos años de gobierno. El Tiempo, por ejemplo, abrió espacios a personajes como José Obdulio Gaviria, controvertido ideólogo de la ‘doctrina uribista’, que no es más que una fachada de un pensamiento monolítico y retardatario, al que se le quiso dar un carácter nacional y nacionalista, a manera de movimiento de masas, capaz de refundar la patria. Eso sí, se trataba de la continuación de las tareas de refundación de la patria emprendidas por el paramilitarismo.

Como cura doctrinero, Gaviria ha usado su columna para defender la ‘obra’ de su patrón, Álvaro Uribe Vélez, a quien le sirvió y sirve aún como ‘testaferro’ ideológico. Y en su tarea de defender lo indefendible, el ex asesor presidencial se viene enfrentando con un fuerte opositor del uribismo y de sus doctrineros. Se trata del periodista Daniel Coronell.

Con mejores argumentos e información precisa, pero quizás con la misma aversión de su contradictor, Coronell ha hurgado en el pasado de familiares de José Obdulio y en las actuaciones del gobierno de Uribe.

Menos agudo en sus escritos, el ex asesor presidencial usa de tiempo atrás su privilegiado espacio de opinión en EL TIEMPO, para dar rienda suelta a su inquina, en un ejercicio que para nada tiene que ver con el máximo objetivo que debe guiar a quienes tienen la oportunidad de opinar en medios masivos: generar estados de opinión pública calificados y ojalá, divergentes.

Ha caído Gaviria en una suerte de pelea personal que le quita seriedad no sólo al ejercicio de la doxa, sino al debate político de unas ideas que gravitan alrededor de ese remedo de doctrina que lleva a cuestas José Obdulio Gaviria, y que aún tiene fuerte arraigo en círculos y sectores claves de la sociedad civil colombiana. Por esa circunstancia, se espera un mejor uso de los espacios de opinión tanto de aquellos que defienden a Uribe y su ‘obra’, como quienes la atacan e intentan develar lo sucedido entre el 2002 y el 2010.

En la columna del señor José Obdulio Gaviria, por ejemplo, el escudero de Uribe se dedica a escudriñar sobre la veracidad y alcances del origen judío del periodista Coronell. Intitulada La ‘Parejita’ (sic), dicha columna representa la distorsión de un ejercicio del pensamiento que debe estar al servicio de una opinión pública que requiere conocer todos los puntos de vista posibles, en especial cuando hoy existe claridad sobre lo acontecido con un gobierno que durante ocho años, manipuló la verdad y los hechos políticos, cooptó y amedrentó a la prensa, hasta el punto de generar un imaginario colectivo que hizo ver a su máximo dirigente, el Presidente Uribe, como ‘único, irremplazable y el mejor’ de la historia reciente de Colombia.

En carta enviada al Director de EL TIEMPO, desde donde aún Gaviria dispara dardos a los opositores del llamado, pero inexistente uribismo, Coronell señala lo siguiente: “En octubre del 2009 publiqué en la revista Semana dos columnas que demostraban que Carlos Alberto Gaviria Vélez, hermano de José Obdulio Gaviria, lavó millones de dólares para el cartel de Medellín. Lo hizo a través de depósitos en bancos de Suiza, Luxemburgo, Gran Bretaña, Estados Unidos y Colombia. De una de esas cuentas salieron los dineros que la mafia usó para pagar el asesinato de don Guillermo Cano…Desde ese momento, la malquerencia de José Obdulio Gaviria hacia mí se incrementó. Lo que era malo empeoró, porque realmente tampoco me perdona haber hecho público que su esposa, Carmen Mira, tenía puesto en Invías durante el período más corrupto de esa entidad…No he sido, como dice José Obdulio, presidente de la comunidad judía. Fui en cambio presidente de la oficina de relaciones humanas de la Comunidad Judía de Bogotá y me enorgullezco de haber luchado y seguir luchando contra el antisemitismo y por la tolerancia hacia diversos credos y orígenes. Nada de lo que digan o hagan el señor José Obdulio Gaviria y sus amigos va a impedir que siga cumpliendo con mi deber mientras siga con vida” (Tomado de Las razones de José Obdulio, En: ELTIEMPO.COM, julio 13 de 2011).

De cualquier forma, harían bien los columnistas de medios masivos en no caer en enfrentamientos personales y en prácticas hostiles que le resten seriedad y profundidad a los textos de opinión. Por un lado va la libertad de opinar y el ejercicio subjetivo que comprende la actividad del columnista, y por el otro lado, la calidad y la pertinencia de las ideas expuestas.

Y de esta última parte son responsables tanto quienes fungen como analistas o comentaristas, como las directivas de los medios que ofrecen los espacios. Sin duda, si los directores de medios como EL TIEMPO, EL ESPECTADOR, EL COLOMBIANO y EL PAIS dedicaran tiempo a revisar la calidad y la pertinencia de lo que escriben muchos de sus columnistas, muy seguramente tendrían que prescindir de algunos que se dedican, mas que a opinar con seriedad, a dar rienda suelta a sus malquerencias o en el peor de los casos, a inflar sus egos, mostrándose complacientes con gobernantes y dirigentes.

A la crisis del periodismo noticioso en Colombia, se suma la crisis del periodismo de opinión, que bien puede resultar peor para la maltrecha credibilidad de los medios masivos. En últimas, de lo que se trata es de exigir mayores responsabilidades, sin ponerle cortapisas a quienes juegan, desde las tribunas de opinión mediáticas, a ser referentes éticos y políticos, en un país sin memoria y urgido de análisis y de posturas críticas frente a regímenes abiertamente enemigos de la crítica y del control de la prensa como el que insiste en defender el señor José Obdulio Gaviria.

Fuente: http://www.revistacierto.com/El%20oficio%20de%20opinar.htm

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